La tabla de fluencia lingüística de los juegos de rol: Hablar mecánicas
Durante el transcurso de una partida de rol solemos participar de diferentes formas:
Hablamos en primera persona, poníendonos en la piel de nuestro peresonaje: ¡Por los clavos de cristo Vicenzo! ¡Dónde te habias metido!
Hablamos en tercera persona, tomando distancia de nuestro personaje: Nadia desciende por la escalera de la mansión con una gracia ultraterrena, bella y fría como un tempano, disfrutando de las miradas desoladas de sus pretendientes que acaban de comprender que ella es inalcanzable.
También podemos expresar el mundo interior de nuestro personaje o traer algo que le ocurrió en el pasado: Recuerdo a mi abuela sirviendome un vaso de gaseosa La Pitusa. Espera pacientemente hasta que le digo basta y contempla con una sonrisa en los labios como me bebo el vaso del tirón. Aquellos fueron buenos tiempos.
Declaramos acciones: Eduardo va a tratar de abofetear delante de todo el mundo al Embajador de Antioquía. Sus hirientes palabras merecen una satisfacción.
Y hablamos fuera de personaje: ¿A cuanta distancia está el galeón que estamos persiguiendo?
Podemos presentar la escena: Hay nueve trajes de vacío y sois diez tripulantes a bordo de la nave. Se han encendido las luces de emergencia ¿Qué haceis?
y adoptar el papel de un narrador: La luz trémula ilumina el rostro de Karen, ella anhela regresar a casa. Está dispuesta a hacer lo que haga falta. Puedes leer la determinación en su mirada mientras conduce su mano lentamente hacia su arma.
Todas estas maneras de expresarnos cumplen una función, todas son igual de válidas y ayudan a tejer el manto de nuestra conversación.
Hoy de lo que quiero hablar es de incluir las mecánicas en nuestra conversación.
En muchas ocasiones sentimos el impulso de relegar las reglas a un segundo plano. Tratamos de invisibilizarlas como si se tratase de un mal necesario. En ocasiones atribuimos a las reglas la culpa del ritmo lento de nuestras partidas o supeditamos el aspecto más narrativo al lúdico.
Y puede ser que desde que hemos empezado a compartir nuestras partidas hayamos contribuido a agravar esta situación al presuponer que el espectador se aburrirá si nos ponemos a hablar de reglas. Nos olvidamos que los verdaderos espectadores somo nosotros.
Muchas personas ven partidas para hacerse una idea de como se desarrolla un juego de rol determinado o incluso una persona que no haya jugado nunca desee tratar de aprender viendo como lo hacen otras personas.
Los VTTs con sus fabulosas automatizaciones también terminan por situar de manera involuntaria lo mecánico en un segundo plano. Pasa con frecuencia que todo esto acaba siendo un obstáculo a la hora de aprender un juego. En muchas sesiones de juego he terminado haciendo las mismas preguntas e interrumpiendo el flujo de la sesión. Escuchar las reglas me ayuda a asimilarlas de manera inconsciente.
No escondamos las reglas de juego.
Es la conversación la que tiene que sonar bonita, no la historia. Y en las buenas conversaciones, todo se entreteje de forma orgánica y natural. Puede que esa preciosa descripción costumbrista de veinte minutos quede relinda pero puede llegar a ser un peñazo. Se nos puede ir la olla y perder el hilo de la conversación y cuando eso ocurre se resiente el grado de implicación e inmersión en el juego. Cuando dejamos de escuchar estamos jodidos.
Solemos referirnos de un modo un tanto condescendiente a las reglas del juego como las matemáticas fantásticas. Y en ocasiones cuando la gente comparte el código del juego, un número o un rasgo mecánico puede ser de lo más evocador. En ocasiones, el lenguaje de nuestros reglamentos puede sonar como la poesía que nos franquea el paso a esos otros mundos.
A mi me gusta que estén presentes, me gusta discutir con pasión sobre reglamentos de juego aunque en la práctica me los pase por el arco del triunfo y su peso en la experiencia de juego no sea tan grande como nos pensamos. Me gusta pararme y consultar el manual de juego como si fuese una mezquina rata de biblioteca.
Jugad partidas preciosas y hablad mecánicas.

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